
Corriendo, sudado y jadeante fue a buscar la pelota dentro del arco se agacho para buscarla y salió corriendo en dirección al centro de la cancha.
Ahí lo vio.
La verdad es que Pezzatti restaba mas de lo que sumaba y jugaba porque raramente juntaban 5. Desde la mitad de la cancha puteaba para sí, esperando que se levante, que faltaban veinte y con un poco de huevo lo podían empatar.
Cuando llego se sorprendio de ver a Pezzatti con los ojos en blanco y un gesto ridículo que le deformaba la cara, "O es un bobazo o este forro es epiléptico", pensó.
Edgardo, uno de ellos, intentaba hacer algo que no se podía precisar si era masaje cardiovascular o el ultimo intento de liquidar la bolsa de huesos que en el piso adquiría una tonalidad apagada, casi grisácea a pesar de estar todo sudado. Como si se estuviese ahogando o algo así.
Mientras algunos lloraban y otros miraban el suelo él no podía quitar la vista de ese cuerpo que, ya indudablemente, estaba despejado de todo signo vital.
Enseguida comprendió que era tan pero tan malo que ni siquiera se le había ocurrido morirse mientras fueran ganando lo que hubiese congelado las acciones en ventaja y que vivo o muerto impedía la recuperación de su equipo.
Pensó que ese guiñapo de carne sería para alguien una tragedia en unos minutos, horas quizás. Que debía haber alguien que lo quisiera, que lo fuera a llorar, alguien que pensaría que sin él la vida se había acabado.
Se quedo hasta que llegó la ambulancia mas por cortesía que por interés, cuando llegaron los médicos Pezzatti llevaba cerca de veinticinco minutos muerto y empezaba a quedarse duro.
Juntó su bolso de atrás de unos arcos y encaró para las duchas.
La verdad es que Pezzatti había sido un sorete y no lo iba a extrañar, definitivamente. Pero había elegido una buena muerte o la muerte había sido benévola con él. Morirse con los lienzos cortos yendo a buscar una pared que no va a llegar jamás........ es una muerte digna.
Pensó que él quizás moriría lleno de cables en una cama de hospital o una serie de muertes vulgares, exentas de toda clase.
Al fin y al cabo hasta muerto le rompía las pelotas.











